90 años de las apariciones de Fátima


Domingo, 13 de mayo de 1917. En el pueblo portugués de Fátima, unos 100 kilómetros al norte de Lisboa, tres niños pastores cuidan de un rebaño de ovejas.

Mientras éstas pastan cerca de la Cueva de Iría, Jacinta Martos, de siete años, su hermano Francisco, de nueve, y la prima de ambos Lucía dos Santos, de diez, se ponen a jugar con unas piedras. De repente, los menores divisan un destello similar al de un relámpago. Convencidos de que se avecina una tormenta, deciden regresar al pueblo. En ese momento, sobre una encina, ven “una señora vestida de blanco, más brillante que el sol, esparciendo luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina atravesado por los rayos más ardientes del sol”, según relataría después Lucía, la mayor.

Este domingo se cumplen 90 años de aquella vivencia, que la Iglesia católica, después del escepticismo inicial, reconoció oficialmente como una milagrosa aparición de la Virgen María.

Hoy, Fátima es uno de los santuarios más importantes del cristianismo en el mundo, con más de tres millones de peregrinos al año. Según la tradición católica, la Virgen se les apareció a los tres pastorcitos cinco veces más, siempre un día 13. Les pide que recen y hagan penitencia, aunque sólo Lucía puede comunicarse con ella, ya que sus primos sólo logran verla u oírla, pero no hablarle. Al comienzo, nadie creyó a los menores. Las autoridades locales incluso los apresan y amenazan con echarles aceite hirviendo si no se retractan. Pero la noticia de las apariciones corre como la pólvora y la última de ellas, el 13 de octubre de 1917, es presenciada por unas 70.000 personas.

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Ese día, se produce el milagro que Lucía le había pedido a la Virgen para que la gente le creyera: “El sol comenzó a hacer gestos nunca vistos, movimientos bruscos fuera de todas las leyes cósmicas, como si bailara”, reseñaron los periódicos de la época. Durante sus apariciones, supuestamente precedidas por la de un ángel durante la primavera de 1916 en la Cueva “Loca de Cabeco”, la Virgen María les confió a los pastorcitos tres mensajes, conocidos como los tres secretos o los tres misterios de Fátima.

 

Lucía, que se convirtió en monja y murió en febrero de 2005 a los 97 años en un convento de clausura en Coimbra, desvelaría después de muchos años las dos primeras profecías: el final de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la muerte prematura de sus primos Francisco (en 1919) y Jacinta (en 1920); y la conversión de Rusia, que se consideró cumplida con la desintegración de la Unión Soviética en 1990.

 

El tercer secreto, el mejor guardado, que Lucía había enviado al Papa en un sobre sellado, lo desveló Juan Pablo II el 13 de mayo del año 2000 en un solemne acto en Fátima: la visión de un atentado contra un Papa, como el que había sufrido él mismo a manos del turco Ali Agca en 1981 en la Plaza de San Pedro, justamente un 13 de mayo. De hecho, Juan Pablo II siempre sintió una devoción especial por la Virgen de Fátima y estaba convencido de que ella le había salvado la vida aquel día. Durante su papado, beatificó a Jacinta y Francisco, y se espera que su sucesor, Benedicto XVI, haga lo propio con Sor Lucía.

 

En el lugar donde los tres pastorcitos vieron a la Virgen se levantó una capilla, que forma parte del enorme santuario construido en Fátima, con una gigantesca explanada y una basíica.

 

En octubre, en el aniversario de la tercera aparición, se inaugurará allí una nueva iglesia. Sin embargo, no faltan las críticas. Hay todo ha degenerado en un grannegocio. De hecho, los 10.000 habitantes de Fátima, hoy en día convertida en una próspera ciudad, viven en su mayoría del milagro, como empresarios hoteleros o vendedores de souvenirs. Y los escépticos sostienen que nunca existió tal aparición. Lo que en realidad vieron aquellos pastorcitos, afirman, fue a una señora rubia, alta y de ojos azules, esposa de un ingeniero británico que construía una carretera en la zona.

 

Como en esa época un físico de esas características era desconocido en el lugar, los tres niños se dejaron llevar por la imaginación, dicen. El padre Mário de Oliveira, autor de un libro crítico sobre las apariciones, incluso llegó a censurar duramente a Sor Lucía cuando ésta todavía vivía.

“Es una mujer que vive en un mundo de fantasía infantil y constante delirio, con permanentes alucinaciones religiosas o místicas que nada tienen que ver con la salud mental”, dijo.

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