Wikileaks: Assange el enemigo público numero uno y la última gran conspiración


Julian Assnage

Pese a los aspavientos y menosprecios calificando las revelaciones de Wikileaks de cotilleos y opiniones sin importancia, son prácticamente todos los gobiernos del mundo los que han visto aireadas en la plaza pública de la aldea global sus miserias, sus profundas contradicciones entre lo que proclaman en sus mítines y declaraciones de salón y su disposición servil a sostener lo que decida la superpotencia dominante. En  no pocos casos, además, los cables de los diplomáticos americanos a su Secretaría de Estado dan cuenta cabal de la corrupción y la ausencia de escrúpulos de dirigentes glotones en su avaricia, que no dudan incluso en flirtear con el delito sabedores de que su conducta quedará seguramente impune, protegida por el sacrosanto recurso a que se trata de secretos relativos a la seguridad del Estado.

Para Estados Unidos es una situación incómoda, si bien en tan ingente volumen de información confidencial no se aprecian en absoluto indicios de corrupción propia, antes bien queda patente una obsesión casi enfermiza por defender a ultranza los intereses exclusivos, presionando al máximo a los gobiernos de los países de destino, “utilizando el palo y la zanahoria”, o concluyendo acuerdos secretos con aliados temerosos de antiguas potencias dominantes.

Esta exhibición pública y global de las vísceras de las relaciones internacionales no deja prácticamente títere con cabeza: delata que la super-emergente China aspira a la hegemonía en Asia y está harta de las maniobras del régimen norcoreano; que Marruecos es una satrapía en manos de una casa real que no se fía un pelo de sus propias fuerzas armadas; que las monarquías del Golfo piensan prácticamente lo mismo que Israel con respecto a Irán, cuyo expansionismo temen como la mayor amenaza que se cierne sobre sus países; que la política de alianzas bolivarianas a golpe de talonario está doblada en algunos casos de financiación narcoterrorista, y en fin que la circulación y el tráfico de armas en toda Asia y Oriente Medio está más floreciente que nunca.

Wikileaks se ha cargado por lo tanto el statu quo internacional. Por mucho que los afectados quieran minimizar públicamente el alcance de lo expuesto, está claro que los recelos, las desconfianzas e incluso un cierto ánimo de venganza se ha instalado en todas las cancillerías. Estos son los peores perjuicios para Estados Unidos, a quién llevará bastante tiempo recomponer las relaciones de confidencialidad en la práctica totalidad de los países del mundo. Cortar de raíz la fuente de tales revelaciones es ya más que una cuestión urgente; es probablemente una prioridad esencial para el Departamento de Estado norteamericano.

La estrategia de ahogo y asfixia también resulta en consecuencia bastante evidente. Es muy difícil no relacionar la detención de Julian Assange en Londres, para estudiar su extradición a Suecia por presuntos delitos de acoso sexual y violación, y la congelación de sus cuentas en Suiza o la suspensión por PayPal, Visa y Mastercard de los pagos a Wikileaks, o la expulsión de la web de sus servidores tradicionales. Al portal ya no le quedan más que tres vías de financiación, y veremos por cuánto tiempo: a través de DataCell, una compañía suiza de transferencias bancarias, el giro postal o la transferencia bancaria directa. Redes sociales tan extensas y afamadas como Twitter también han censurado las conversaciones sobre Wikileaks, conformando en conjunto una gigantesca ofensiva contra un personaje y un portal web calificados de “terroristas” por algunas de las grandes figuras del Partido Republicano, con Sarah Palin a la cabeza.

Entre las consignas obvias difundidas contra Assange está no solo la de presentarle como un delincuente de bragueta sino también como violador de la Ley de Espionaje de 1917, que obliga a perseguir y encarcelar a los poseedores de información sensible para la seguridad de Estados Unidos. Sería grotesca la presunta aplicación de semejante ley al fundador y líder de Wikileaks, que no solo no  ha guardado y utilizado tal información para hacer chantaje alguno sino que la ha difundido tan ampliamente que la ha convertido en el mayor y más rápido descubrimiento de documentos clasificados de la historia. En todo caso, los abogados de Obama y Clinton seguro que están considerando toda la panoplia de posibles acusaciones, desde la “alta traición” a la “violación de secretos” pasando por la de “terrorismo”, delitos que en algunos casos llevaría aparejada la todavía no abolida pena de muerte.

El círculo de confianza de Assange, encabezado por su portavoz, Kristinn Hrafnson, ya ha anunciado que estas maniobras no alterarán el ritmo de publicación de los documentos en poder de Wikileaks, entre los que se encuentran algunos memorandos redactados por los dirigentes de algunas grandes instituciones financieras norteamericanas. Un material que cabe sospechar es tan altamente sensible que sea imprescindible evitar llegue a saberse. Tal vez porque entonces igual se descubren obscenas connivencias entre el poder económico y el político y la fría proyección de sus decisiones letales sobre países y gobiernos del mundo entero. Decididamente, pues, el Goliat que es la gran superpotencia no permitirá que le siga poniendo en jaque este nuevo David, a cuyo portal acudirán sin duda muchos otros documentos enviados por quienes, teniendo posibilidad de obtenerlos, se revuelven al comprobar la miseria, los egoísmos y la prevalencia de intereses espurios y personales que prevalece en ellos sobre los generales.

Fuente: Pedro González desde ICNR

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